felipe cutillas turpin

¡Qué fácil es tirar una casa!

¡Qué fácil es tirar una casa!

Hoy no me despertó la habitual conversación de los panaderos, en el bajo de la finca, acabando su jornada laboral, que coincide con las horas de sueño del resto. Trabajar rodeados de máquinas, congeladores y amasadoras, les ha provocado sordera. Así que suelen despedirse a gritos de los compañeros.

Azuzo el oído. La voz carrasposa y el acento vulgar es similar al de mis vecinos del horno. Pero son las nueve y los panaderos se marchan un par de horas antes. Me asomo a la terraza y descubro una excavadora en medio de la vía. Unos tipos con cascos y chalecos fluorescentes inspeccionan la casa que hay frente a mi edificio.

Es una de las tres últimas viviendas tradicionales que quedan en la calle. Cincuenta años atrás todas las casas del barrio eran plantas bajas, unifamiliares, con tejados a dos aguas y un patrio trasero donde solían crecer limoneros o, como en este caso, higueras. Los vecinos sacaban sus sillas de lona a la puerta de sus domicilios y se sentaban a tomar el fresco.

Aquello acabó. Ahora el vecindario ni se saluda. Pasan las tardes mirando series en Netflix. No digo que sea mejor ni peor, solo constato el cambio.

Sobrecoge la ruina que provoca la piqueta. El operario que la maneja, arrasa con precisión de relojero. En quince minutos, ha convertido la fachada de una casa centenaria en un montón de escombros. Ahora introduce su aguijón de acero en lo que fue un hogar. Ya se sabe, destruir es más fácil que construir.

Intento imaginar qué sentiría yo si presenciara la demolición de la morada donde me crié. Desde hace unos años pertenece a un argelino. El setenta por ciento de la barriada ha sido vendida a argelinos. Pero sigue en pie y a veces paso por allí, la miro y añoro mi infancia y adolescencia. No me gustaría contemplar cómo la echan abajo.

¿Qué  habrá empujado al dueño a tirar esta casa? Supongo que el dinero. Levantarán un inmueble de cuatro alturas y venderá los apartamentos. En ocasiones, disfrazamos de progreso lo que son razones monetarias.

En los próximos meses asistiré a la construcción del nuevo edificio. ¡Qué temporada se aproxima! Cuando cesen los gruñidos de los panaderos les reemplazarán los albañiles. Así tendré jornadas continuas de garrulos gritando bajo mi ventana. Es curioso: pocos obreros tienen consideración con el descanso de los vecinos; pero sin faltar ni uno, enmudecen puntualmente durante el bocadillo de las diez.

Al menos, llegarán vecinos, con la ilusión de una flamante morada. Eso siempre es mejor que una vivienda cerrada, cambiar nuevas caras por solares abandonados.

El arquitecto Jan Gehl considera que la estructura de las ciudades tiene repercusiones en la vida de sus habitantes. Mi barrio tiene este nuevo modelo urbano. Quizá dentro de cincuenta años vuelvan a sacar nuestras sillas de lona y se sienten a tomar el fresco, aunque lo dudo. Y de todas formas, yo no lo veré.