felipe cutillas turpin

Londres’2012 y el fracaso comercial

Londres’2012 y el fracaso comercial
Los periódicos cuentan que los comerciantes de Londres no están teniendo los beneficios económicos que esperaban durante la celebración de los Juegos Olímpicos:
 
La derrama económica esperada para Londres 2012 no está cumpliendo las expectativas del gobierno británico, los turistas casi no salen del Parque Olímpico y no gastan dinero en los teatros, museos y otras instalaciones capitalinas.” (leer texto completo en Rusia Today)
 
Según parece, las autoridades británicas pusieron tanto empeño en la prevención de atascos y en evitar el colapso de los transportes públicos, que sus avisos han terminado por alarmar a la población y a los visitantes de Londres, y la gente -literalmente- está evitando el centro de la ciudad. Así, mientras Westfield -comercio próximo al área olímpica- está repleto de clientes, los establecimientos del centro se han vaciado y esperan el fin de las Olimpiadas para recuperar el ritmo habitual de ventas.
 
Las cifras que publica hoy Walter Openheimer en el diario El País son importantes: las ventas de entradas de espectáculos -no relacionados con las Olimpiadas se entiende- han descendido un 40%; las atracciones turísticas han sido visitadas un 30% menos; y algunos que esperaban frotarse las manos con el maná olímpico, como Big Bus Tours, el bus turístico londinense, está facturando un 25% de lo esperado.
 
Sin embargo, no comparto la alarma de los comerciantes londinenses. Por varias razones, pero básicamente por dos:
  1. El comercio de Londres sí está obteniendo un beneficio por la afluencia de turistas olímpicos. El problema quizá radique en los errores de previsión de algunas empresas (¿qué incremento habrían augurado en Big Bus Tours para estar vendiendo sólo un 25% de lo previsto?) y en que la gente compra donde quiere, no donde a un comerciante le gustaría, y por ello las ventas no se han localizado en los centros habituales, sino en el área olímpica.
  2. El rédito turístico -y social- que una ciudad obtiene con la celebración de unos Juegos Olímpicos va mucho más allá de las dos semanas de deporte. Comienza varios años antes y acaba unas décadas después, si se ha trabajado bien (ejemplos: Montreal y Barcelona, aunque ahí podríamos hablar de otras cuestiones).